Y hoy el temporal azotaba fuertemente mis cristales, mientras los rayos daban luz a la mañana y las nubes rugían cansadas de tanto peso. La ciudad ha amanecido de un blanco deslumbrante y ya se veían los primeros pájaros jugando entre las nubes de algodón que caían de los árboles al suelo. El alfeizar de mi ventana mostraba una capa de casi 6 cm. de nata montada, y lo único que ardía de calor casi fuego era mi mirada viendo como ese manto de azúcar glass se llevaba todo por delante. El termómetro que se ve desde mi cama tiritaba de frió más allá de los grados bajo cero y en la radio oía de fondo que mi ciudad amanecía a 0 grados, ni frío ni calor. He dudado por un instante si levantarme o no. Enrollada en ese gran edredón acolchado que siempre me hace sentir en una nube.
Recuerdo que este diciembre eche más de menos que nunca la nieve en Navidad, pero supongo que encontrarla al otro lado del mundo, donde los termómetros dudosos no sabían ofrecerme temperatura en grados centígrados era mucho pedir. Tampoco habría sabido medir en millas el espesor de su manto. Fahrenheit me parecía una medida imposible. Y pensé que debía haberme esmerado más en aprender este tipo de lecciones en el colegio. Siempre he tenido cosas más interesantes o importantes en la cabeza supongo. Pero la realidad es que no tengo ni idea cuantos grados Fahrenheit marcan mis dudas.
De repente algo ha chocado de bruces contra mi ventana, un trozo de hielo lanzado con furia desde el cielo, me ha desconcentrado de golpe, y yo he sonreído recordando la historia de los tres cerditos (eso si que es sabiduría y no tanto conocimiento sobre los grados Fahrenheit…). Sacando la lengua con gesto burlón hacia ese nubarrón helado que quería derrumbar mi ventana, le he recordado que mi casa es de ladrillo y que por mucho que sople no iba a conseguir nada. Muchos lobos cargados de furia, lo habían intentado ya desde el principio de los tiempos. He de confesar que no ha dejado de intentarlo mientras desayunaba…
Pues eso, que hoy está nevando. Y me siento con más ganas que nunca de todo.
Este texto va para Jose por las cosas que me ha regalado estos días aún sin saberlo. Gracias por cosas que ni te imaginas. [Sñor. Jose lea usted el primer comentario]
Recuerdo que este diciembre eche más de menos que nunca la nieve en Navidad, pero supongo que encontrarla al otro lado del mundo, donde los termómetros dudosos no sabían ofrecerme temperatura en grados centígrados era mucho pedir. Tampoco habría sabido medir en millas el espesor de su manto. Fahrenheit me parecía una medida imposible. Y pensé que debía haberme esmerado más en aprender este tipo de lecciones en el colegio. Siempre he tenido cosas más interesantes o importantes en la cabeza supongo. Pero la realidad es que no tengo ni idea cuantos grados Fahrenheit marcan mis dudas.
De repente algo ha chocado de bruces contra mi ventana, un trozo de hielo lanzado con furia desde el cielo, me ha desconcentrado de golpe, y yo he sonreído recordando la historia de los tres cerditos (eso si que es sabiduría y no tanto conocimiento sobre los grados Fahrenheit…). Sacando la lengua con gesto burlón hacia ese nubarrón helado que quería derrumbar mi ventana, le he recordado que mi casa es de ladrillo y que por mucho que sople no iba a conseguir nada. Muchos lobos cargados de furia, lo habían intentado ya desde el principio de los tiempos. He de confesar que no ha dejado de intentarlo mientras desayunaba…
Pues eso, que hoy está nevando. Y me siento con más ganas que nunca de todo.
Este texto va para Jose por las cosas que me ha regalado estos días aún sin saberlo. Gracias por cosas que ni te imaginas. [Sñor. Jose lea usted el primer comentario]






